Amaro bajó del auto y, tras ver que no había nadie alrededor, bajó a Alma y entró con ella a la iglesia. Su resistencia justo en la entrada lo hizo mirarla y hablar por fin.
—Ahora mismo vas a retractarte.
La mirada atónita de Alma se encontró luego con la del sacerdote, que llegó a averiguar qué ocurría. No solía recibir feligreses a aquellas horas.
—Hijos míos, ¿qué los trae a la casa de Dios? ¿Tienen algún problema? —preguntó, notando el pijama de Alma.
Fue Amaro quien contestó.
—V