EMELY.
—Es una sensación extraña —admití, mientras Olivar me ayudaba a deslizar las piernas fuera de la cama con una lentitud extrema—. Siento que me falta una parte del cuerpo si no los estoy tocando.
—Es el instinto de loba, Emely —añadió Selene—. Pero recuerda que para cuidarlos a ellos, primero tienes que estar bien tú. Ve tranquila.
Olivar me rodeó la cintura con su brazo, sirviéndome de apoyo total para que no tuviera que hacer esfuerzo. Caminamos despacio hacia el baño de la habitación,