Sebastián.
La mañana na de la junta directiva olía a pólvora. El ambiente en la sala de reuniones del piso 40 era diferente; ya no era un ambiente de escepticismo, sino de expectativa tensa. Aitana y yo entramos juntos, vestidos de riguroso negro, con una unidad que ya no era una farsa.
Mi madre, Doña Elena, estaba sentada en su lugar habitual, con la cabeza alta, pero su rostro reflejaba el insomnio y la furia contenida. Había intentado contactar a todos los miembros de la junta, tejiendo su