Dakota iba sentada junto a Olivia en silencio.
—Señora Ravelli, después de los comentarios que hicieron sobre su cuñada, ¿dígame qué me sugiere para que mi encuentro con ella no sea tan malo? —preguntó Olivia.
—Paciencia. Estamos hablando de una mujer a la que no se le permitía ni respirar sin el permiso de él.
—¿Entonces no fue la primera vez? —preguntó Olivia.
—No. Ella no va a entrar en detalles, pero en los informes médicos consta todo. Y otra cosa importante: no le diga que trabaja para Christopher Anastas. Mi esposo ya lo sabe y, seguramente, por vergüenza ella no quiera que usted la defienda, ya que se conocen.
—Entiendo —dijo ella.
Cuando llegaron a la villa, Dakota notó el auto que venía detrás de ellas. Luego de que los guardias abrieran el portón y se cerrara detrás del auto donde venían, el otro vehículo quedó detenido en el portón. Pero cuando ellas bajaron en la entrada, el auto se estacionó detrás del suyo. Dakota miraba el auto; la puerta se abrió.
—¡Dakota! —gr