El recuerdo del desayuno regresó a su mente sin permiso y Sebastián apretó los labios. Había pasado buena parte de la mañana pendiente de si Juliana probaría los huevos, de si le parecerían horribles, de si se reiría de él o, por algún milagro, encontraría algo rescatable en aquel desastre culinario. Cuando ella dijo que tenían potencial, aquella frase absurda le produjo una satisfacción desproporcionada para algo tan insignificante.
Ahora entendía por qué.
La carta.
Las instrucciones.
Las pala