Sebastián cerró la puerta del apartamento a sus espaldas y caminó hacia el ascensor con una rapidez que, apenas unos segundos después, comenzó a parecerle ridícula.
Presionó el botón y se quedó esperando con las manos dentro de los bolsillos, mirando fijamente los números que descendían sobre la pequeña pantalla mientras intentaba ignorar la incómoda sensación que se había instalado en su estómago. No entendía qué demonios acababa de hacer. Había visto a Juliana reparar finalmente en el arreglo