Los tres días que siguieron al disparo fueron los más largos que Juliana había vivido en mucho tiempo.
Después de la cirugía, los médicos no habían dado demasiadas respuestas. Cada vez que ella preguntaba por Sebastián, la misma frase volvía a repetirse: debían esperar. Esperar a que despertara, esperar a que su cuerpo reaccionara, esperar a ver cómo evolucionaba después de una herida que había comprometido varios órganos y que, por poco, había terminado con su vida.
Para Juliana, esperar era u