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El abogado no levantó la mirada cuando ella entró.
Valeria sintió que el aire de aquella oficina era más pesado que el de todo el pueblo. Hacía cinco años que no regresaba. Cinco años desde que juró no volver jamás, desde que empacó una maleta con rabia y orgullo, convencida de que nunca necesitaría mirar atrás. Y ahora estaba allí por una sola razón: Su padre había muerto. —Señorita Valeria Montes —dijo el abogado, ajustándose los lentes con gesto automático—. Gracias por venir. Ella no respondió de inmediato. Se limitó a tomar asiento frente al escritorio de madera oscura. El olor a papeles antiguos, tinta y café frío le revolvía el estómago. Todo en ese lugar le recordaba a su padre: el orden excesivo, el silencio incómodo, la sensación constante de que siempre había algo que no se decía. No lloró en el funeral. No lloró cuando recibió la llamada a medianoche. No lloró cuando vio el ataúd descender. Pero ahora, en ese despacho cerrado, algo dentro de ella comenzaba a resquebrajarse. —Su padre dejó instrucciones muy específicas —continuó el abogado—. Todo debe leerse en su presencia y únicamente en la suya. Valeria frunció el ceño. —¿Todo? El hombre asintió y abrió una carpeta gruesa, perfectamente organizada. —“A mi hija Valeria le dejo la totalidad de mis bienes: la casa familiar, los terrenos del norte y el control absoluto de la empresa Montes Exportaciones.” Ella parpadeó, confundida. —¿La totalidad? ¿Y mis tíos? El abogado carraspeó suavemente. —Su padre decidió excluirlos del testamento. El silencio que siguió fue espeso. Eso no tenía sentido. Su padre era un hombre orgulloso, pero nunca impulsivo. Jamás habría tomado una decisión así sin un motivo fuerte. —¿Por qué? —preguntó ella. —No dejó explicación formal. Formal. La palabra le sonó extraña. —Hay algo más —añadió el abogado, bajando la voz. Sacó un sobre sellado con cera oscura. —Esto debe abrirlo a solas. Fue una instrucción expresa. Valeria lo tomó con manos que, por primera vez en años, no estaban firmes. Reconocería esa letra en cualquier parte. Era la de su padre. Firme. Precisa. Controlada. Al salir de la oficina, el cielo comenzaba a teñirse de naranja y gris. Caminó hasta la vieja casa familiar, esa que siempre le pareció demasiado grande para tan pocos momentos felices. Cuando abrió la puerta, el silencio la envolvió. La casa olía a madera y recuerdos. Subió lentamente las escaleras hacia su antigua habitación. Todo estaba igual: los libros en el estante, la ventana que daba al jardín, el espejo donde solía mirarse antes de salir a escondidas en su adolescencia. Se sentó en la cama y rompió el sello del sobre. “Si estás leyendo esto, significa que ya no estoy. Y también significa que no pude protegerte de lo que viene.” El corazón le dio un vuelco. “Lo que heredaste no es solo dinero. Es una deuda. Una promesa que hice hace veinte años. Y alguien vendrá a cobrarla.” Sus manos comenzaron a temblar. ¿Una deuda? ¿Una promesa? Su padre siempre fue reservado con los negocios, pero jamás imaginó algo así. Entonces lo escuchó. Un golpe seco en la planta baja. Se quedó inmóvil. Otro ruido. No era el viento. Se levantó lentamente y salió al pasillo. Cada escalón que bajaba parecía crujir más fuerte que el anterior. Su respiración se volvió superficial. Al llegar abajo, vio que la puerta principal estaba entreabierta. Ella estaba segura de haberla cerrado. —¿Hola? —preguntó, intentando sonar firme. Silencio. El comedor estaba vacío. Pero algo no estaba igual. Sobre la mesa, justo en el centro, había un sobre negro. No estaba allí antes. Se acercó con el corazón golpeándole las costillas. Lo tomó. En el frente, escrito con tinta roja, solo había una frase: “Tu padre no pagó. Ahora tú lo harás.” El frío le recorrió la espalda. No era una advertencia vacía. Era un mensaje claro. La herencia no era un regalo. Era una sentencia. Y lo más aterrador no era la deuda. Era saber que alguien ya estaba vigilándola. Y sabía exactamente cuándo había regresado.






