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El hombre que no esperaba ver

Valeria no durmió.

El sobre negro seguía sobre la mesa del comedor, como si la estuviera observando. No llamó a la policía. No sabía por qué. Tal vez porque en el fondo intuía que aquello no era algo que pudiera resolverse con una simple denuncia.

Al amanecer, decidió salir. Necesitaba respuestas.

La empresa Montes Exportaciones quedaba a las afueras del pueblo, cerca del puerto. Su padre siempre fue reservado con los negocios. “Mientras menos sepas, más segura estarás”, le repetía cuando era joven.

Ahora entendía que no era una frase cualquiera.

El edificio seguía imponente, con sus ventanales oscuros reflejando el cielo gris. Al entrar, las miradas del personal se clavaron en ella.

Algunos susurraban.

Otros simplemente bajaban la cabeza.

—Señorita Montes —dijo la secretaria con una sonrisa nerviosa—. No sabíamos si vendría.

—Yo tampoco lo sabía —respondió Valeria con frialdad.

Subió directamente a la oficina principal. La puerta estaba cerrada.

Pero no estaba sola.

Cuando la abrió, el aire se le atoró en los pulmones.

Un hombre estaba de pie frente al ventanal, observando el puerto.

Al escucharla, se giró lentamente.

Y el pasado la golpeó con fuerza.

—Santiago…

Él no sonrió.

Tampoco parecía sorprendido.

—Valeria.

Cinco años.

Cinco años desde la última vez que lo vio, la noche en que discutieron y ella lo acusó de ambicioso, de estar con ella solo por el apellido Montes.

Cinco años desde que él se fue sin dar explicaciones.

Pero ahora estaba allí.

En la oficina de su padre.

—¿Qué haces aquí? —preguntó ella, sintiendo cómo el pulso se aceleraba.

Santiago se acercó con pasos firmes.

—Trabajo aquí.

La respuesta cayó como una piedra.

—Eso es imposible. Mi padre jamás te habría contratado.

—Tu padre me contrató hace tres años.

El silencio se volvió denso.

Valeria intentaba procesarlo.

—¿En qué puesto?

—Director operativo.

El mundo pareció inclinarse.

Director.

Eso significaba que Santiago sabía todo. Movimientos financieros. Socios. Deudas.

—¿Sabías de la “deuda” que mencionó en su carta? —preguntó ella, sin rodeos.

Los ojos de Santiago cambiaron.

Fue apenas un segundo.

Pero ella lo notó.

—¿Qué carta?

Mentía.

Lo conocía demasiado bien para no verlo.

—No juegues conmigo.

Él suspiró.

—Valeria… esto no es algo que puedas manejar sola.

—Entonces dime qué está pasando.

Santiago pasó una mano por su cabello, tenso.

—Tu padre hizo un trato hace veinte años con personas que no olvidan. Personas que no perdonan.

Un escalofrío recorrió su espalda.

—¿Qué tipo de trato?

Antes de que él respondiera, la puerta de la oficina se abrió bruscamente.

Un hombre alto, traje oscuro, mirada fría, los observó desde el umbral.

—Así que la heredera finalmente regresó.

Valeria sintió cómo la sangre le abandonaba el rostro.

—¿Quién es usted?

El hombre sonrió apenas.

—Digamos que soy quien viene a cobrar.

El corazón de Valeria comenzó a latir con fuerza descontrolada.

Santiago dio un paso adelante, colocándose ligeramente frente a ella.

Protegiéndola.

—No es el momento —dijo Santiago con firmeza.

El desconocido lo miró con burla.

—Siempre tan leal, Santiago.

Eso la hizo reaccionar.

—¿Se conocen?

El silencio que siguió fue peor que cualquier respuesta.

Valeria comprendió algo en ese instante.

Santiago no solo trabajaba para su padre.

Santiago sabía más de lo que estaba diciendo.

Mucho más.

El hombre del traje oscuro dejó una tarjeta sobre el escritorio.

—Tienen setenta y dos horas. Después de eso… las consecuencias no serán negociables.

Cuando salió, la oficina quedó en un silencio sofocante.

Valeria miró a Santiago.

—Dime la verdad.

Él la sostuvo la mirada.

Y en sus ojos había algo que la asustó más que la amenaza.

Culpa.

—Hay cosas que hice para protegerte… —dijo en voz baja—. Pero puede que ahora ya sea demasiado tarde.

Y en ese momento, Valeria entendió que el mayor peligro no era solo la deuda.

Era descubrir que el hombre que aún hacía latir su corazón…

Podría estar involucrado en ella.

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