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Decía la señora Agatha
Los Whitmore no solo construyeron imperios… también enterraron verdades.
Parecía una broma oscura, pero Agatha, bebiendo del mejor vino que podía dar la cava familiar, pensaba en todos los secretos que podían ahondar.
Había perdido varios hijos y Claude fue como un rayo de luz a su vientre; cuidó de él como una leona y, cuando fue hora de que se casara la virtuosa Pandora, hija de una noble y rica familia, fue su compañera.
Ahora, a sus 60 años y viendo que todo marchaba como se debe en los importantes negocios familiares, pensó en su… Testamento.
Tenía dos brillantes nietas, Eliza y Camila, que eran como el sol de sus días.
Eliza revisaba su joyero; le encantaba el brillo de sus joyas y el dinero.
—Son tan hermosas, tus perlas son divinas, quiero crecer y usarlas.
—No apures tus pasos, cariño, disfruta tu edad.
—Serán mis dulces 16 y debo lucir como una princesa.
—Claro, ni más faltaba.
Camila entró en esos momentos y vio a su hermana con todas las joyas de su abuela encima; parecía un ridículo árbol decorado.
—Mira, estoy eligiendo las que voy a usar en mi cumpleaños; seré presentada ante todos como la dulce dama de los Whitmore.
La mujer comentó complacida.
—Como debe de ser y el próximo año podremos hacer una gran fiesta por tus 16 años, Camila.
Al escuchar esto Eliza sintió que su hermana tendría una mejor fiesta que ella.
—Mi fiesta tiene que ser impresionante abuela, debe hablarse de ella por mucho tiempo.
—Y lo hará. Serás la debutante del año.
Los Whitmore tenían una fundación en donde cada año las hijas de las familias más adineradas deslumbraban a todos siendo presentadas en una fastuosa fiesta de debutantes.
Su hermana habló en ese instante.
—Abuela… No me gustan las fiestas ostentosas, no soporto que me miren mucho… ¿Podría pedir algo a cambio?
Eliza dijo con tono posesivo.
—Las joyas serán mías, ¿recuerdas lo que dijiste abuela?
—Cariño, las joyas serán repartidas entre ustedes dos —miró a su linda nieta y le preguntó—. ¿Qué deseas?
Camila entonces le explicó.
—Quiero donar el dinero de la fiesta a alguna institución benéfica.
—Por Dios —intervino Eliza—. Abuela ella siempre quiere hacerme ver mal. A mí me gustan las fiestas y ella quiere parecer altruista.
Agatha le preguntó a su nieta.
—¿Eso quieres?
—Sí, es lo mejor para mí.
—Abuela… Puedes donar ese dinero a mi causa —comentó Eliza.
—¿Y cuál es tu causa?
—El cuidado de mi persona.
Agatha se rio por su audacia y las despidió; necesitaba descansar.
**
Bajaban por las escaleras y Eliza detuvo a su hermana.
—¿Crees que no sé lo que deseas?
—¿A qué te refieres, Eliza?
—Deseas hacerme quedar mal ante la abuela.
—¿Por qué?
—Donar dinero, nuestro dinero a causas estúpidas.
—Es mi cumpleaños, yo elijo lo que deseo.
—Eres tan falsa…
Bajó molesta y vio llegar al doctor Collins con su apuesto hijo y sonrió, cambiando su tono frío y déspota por uno más cálido.
—Doctor Collins, Jake, es bueno verlos.
—Tu abuela pidió que viniera.
El doctor era un hombre mayor y el apuesto Jake Collins un chico pelinegro de ojos vivarachos que gustaban de ver el escote de las damas.
—Traje a mi Jake, mi orgullo.
—Jake, espero verte en mi cumpleaños.
—Claro, allí estaré.
Ella le sonrió coqueta y Camila preguntó.
—¿Mi abuela se siente mal?
—Para nada, Camila, tu abuela es un roble, son asuntos personales.
Jake miró a la bella quinceañera; no tenía mucha frentera, pero tenía unos preciosos ojos color avellana y una indiscutible mirada de ángel.
Eliza se interpuso entre ellos y preguntó.
—Jake, ¿deseas tomar algo?
—Un whisky, por favor.
Fue a servirle y cuando se lo dio sonrió con modo coqueto.
—Estás muy guapo.
—Gracias, tú no te quedas nada mal.
Camila se retiró dejándolos solos; odiaba los coqueteos de su hermana con cualquiera.
Jake le dijo entonces a la bella muchacha.
—¿Darás una gran fiesta?
—Claro, como debe ser.
—¿Bailarías conmigo?
La joven sonrió coqueta y se acercó a él con cierta sensualidad.
—Eso depende… ¿Para qué vino tu abuelo?
Información, siempre valía la información.
—Eso depende de lo que quieras darme a cambio.
No podía soltar su joya, no todavía y menos por cosas banales.
—Te puedo asegurar dos piezas de baile en mi cumpleaños.
—¿Solo dos? ¿Y un beso?
Ella rio nerviosa; un beso era algo especial.
—No creo que valga tanto…
—Vale mucho; si me das un beso te hablo sobre el testamento de tu abuela.
Los ojos de Eliza se abrieron enormes y se acercó al joven y lo agarró del brazo.
—¿Qué sabes?
—Un beso…
Su madre llegó en ese instante y la vio muy cerca del doctor.
—Eliza, Jake, es bueno verte.
Miró censora a su hija que se abrió del muchacho.
—Acompaño a mi padre.
—¿Se quedan a la cena?
—No lo sé, eso depende de mi padre.
—Tendré que ordenar que tengan listo algo para ustedes; acompáñame, Eliza.
—¿Ahora?
—Sí, ahora.
Eliza no era boba y le dijo a su madre.
—Mamá el doctor Jake quedará solo, eso no es correcto.
La mujer disimuló con una sonrisa.
—Es cierto, perdóname, Jake.
—Descuide, señora Whitmore, hablábamos sobre medicina con Eliza.
Su madre la vio con sorpresa.
—Deseo ver las implicaciones del tema para una carrera futura.
—Tienes razón, es mejor pensar en el futuro; el dinero no crece en los árboles.
La dama se retiró y la joven fue a la carga.
—¿Qué sabes de eso?
—Sé —se acercó con cautela—. Que mi padre será uno de los testigos.
—Va a realizar su testamento —dijo emocionada.
—Puedes tenerlo todo.
—Esa es la idea.
—Tu hermana también.
Eso no le gustó; el dinero no debía ser repartido y menos con su simple hermana.
—Quiero ser la heredera de todo.
—Ambiciosa.
—Tonta es que no soy. Mi insulsa hermana quiere donar el dinero de su fiesta a causas sociales. Si le dan su parte se la dará a los pobres.
Tenía que pensarlo bien y sonrió; mirando a todos lados y viendo que nadie había se acercó al joven médico.
—Te has ganado tu premio.
Le planto un beso con sus labios carnosos y él se estremeció todo, sabiendo que ella era menor de edad y que por eso era una fruta deliciosa.
La voz sorprendida de Camila se hizo escuchar.
—Eliza, ¿qué haces?
Se apartaron de inmediato y el joven médico se excusó.
—Lo siento, Camila, lo que viste fue un error.
—No debiste besarte con nadie.
—Ya para con eso, apuesto que tienes envidia.
Camila miró a su hermana con horror.
—¿Quieres estar en mi lugar?
—Estás loca…
—Apuesto a que sí.
Su madre llegaba en esos momentos.
—Mamá —dijo Eliza—, sorprendí a Camila insinuándosele al doctor Jake.
—¡Qué dices!
—Mamá no le creas ella…
—Escucha bien —alzó la voz Eliza—. Te vi coqueteando con el doctor y él se negó por respeto.
—¿Es eso cierto, Camila?
Camila estaba anulada y su hermana se acercó al joven doctor.
—No se sienta apenado, Jake, mi hermana siempre fue muy… intensa.
Pandora le preguntó sorprendida.
—¿Es eso cierto, Jake?
Jake se vio en un predicamento y nervioso balbuceó.
—Las niñas son niñas…
Pandora se acercó a su hija Camila y la agarró del brazo.
—Me avergüenzas, vete a tu habitación a esperar a que tu padre te castigue.
Avergonzada Camila corrió a su habitación llorando.
**
Agatha tomaba su decisión en esos momentos.
—Daré el anuncio esta noche, quiero que estés presente, tú y tu hijo.
—Jake se quedará en mi lugar; me retiro con honores.
—Como debe ser para nuestra generación.
—Agatha, es muy… ambiciosa tu idea,
—Lo sé, pero eso pondrá un poco de competencia entre mis nietas.
Nada podía añadir al asunto. Durante la cena un ambiente incómodo se vivía entre las chicas.
—¿Qué sucedió esta vez?
Agatha preguntó con suspicacia.
—Algo bochornoso, suegra.
—Lo corregiremos, madre —añadió Claude.
—Quiero anunciarles a todos mi decisión.
Eliza alzó la cabeza y miró a su abuela con atención.
—Como se dan cuenta estoy envejeciendo y las nuevas generaciones deben tomar la b****a.
Eliza se removió en su puesto.
—Pero las cosas no son tan sencillas, así que puse la vara un poco alta.
Camila no entendía nada.
—Quiero heredarle mi fortuna a una de mis nietas.
Eliza casi se levanta del asiento.
—Quiero heredar el consorcio Whitmore y todo mi patrimonio a la primera nieta que me dé un bisnieto.
Para ese momento Agatha había lanzado una bomba en el campo de las hermanas Whitmore y con ello iniciaba una guerra.







