Ornella había saboreado la maldad en carne viva y esa noche era la declaración de guerra más clara.
Secaba su cabello mojado, su maquillaje corrido y su hermoso vestido arruinado.
La voz de su madre llamándola.
—Ornella, por favor, abre.
—No —dijo con rabia.
—El doctor quiere revisarte.
—No quiero.
Su rabia era mucha, escuchó un ruido y vio entrar a Duncan Catwell.
—¿Estás bien?
Ella se le fue encima y lo golpeó.
—¡Tú eres el causante de todo esto!
—¿Yo?
—Pero me las van a pagar, juro que me la