Cuando el Mago le explicó los pesares que la guerra podía causar en el espíritu de un hombre, Zarah guardó silencio. Durante largos minutos observó las maderas crepitar mientras el fuego las consumía, preguntándose qué tan terribles eran los demonios que torturaban a Tabar, que tan amarga era la penitencia que su esposo estaba cumpliendo en absoluta soledad.
—No va a hablar conmigo de esto—había sentenciado sin una pizca de dudas frente al Mago—No por voluntad propia.
Zhadli clavó sus ojos vio