LOS HOMBRES NO AMAN
Zarah despertó esa mañana con los resabios del alcohol envenenando su cuerpo. Hacía tiempo que no sentía las náuseas que el vino alimentaba luego de una noche de beber sin restricciones. Tabar se había marchado horas atrás. Lo escuchó despertar, vestirse con brusquedad y escapar de los aposentos cuando el sol apenas asomaba tras las montañas. Se sentía una tonta por todo aquello que había confesado a su esposo. Decirle a un hombre que estuvo un año escapando a la muerte, mientras veía caer a sus