El salón de baile pareció quedar en un silencio sepulcral, a pesar de que la orquesta seguía tocando un vals melancólico a lo lejos.
Agustín Miles, un hombre que se jactaba de tener siempre el control de la situación, sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
Sus ojos, grises como el acero, se clavaron en Marianne con una mezcla de fascinación y escepticismo.
—¿Qué? —exclamó él, la palabra escapando de sus labios cargada de una sorpresa genuina—. ¿De verdad has aceptado? ¿Así, sin más condici