En la mansión Andrade
Daniel llegó a ese lugar. Al detener el coche de alquiler frente a la imponente verja de la mansión Andrade, sus manos se aferraron al volante con tal fuerza que sus nudillos se tornaron blancos.
El motor rugió un instante antes de apagarse, dejando paso a un silencio sepulcral, solo roto por el latido desbocado de su propio corazón.
Daniel bajó del vehículo, sintiéndose un intruso en un reino que él mismo había ayudado a destruir.
Cada paso hacia la entrada principal era u