Cuando Agustín Miles, con los ojos inyectados en una furia posesiva, se abalanzó sobre Avana. Con un movimiento brusco y violento, le arrebató el ultrasonido de las manos.
Sus dedos arrugaron el papel térmico mientras devoraba con la vista la imagen de ese pequeño latido que él ya sentía de su propiedad.
—¡Responde, Avana! —rugió él, su voz rebotando en las paredes blancas como un latigazo—. ¡No me mientas más! Esperas un hijo mío, ¿verdad? Nunca tuviste el valor de abortar. Siempre fuiste mía,