—¡Esto no es justo! —gritó Rachel de pronto, con la voz rota por la ira y la frustración—. ¡Eligieron a Marianne solo por ser la amante de Daniel Lutton!
El silencio cayó como una losa sobre la sala. Fue un silencio pesado, denso, casi violento. Nadie se movió. Nadie respiró.
Las palabras de Rachel quedaron suspendidas en el aire, cargadas de veneno, como una acusación capaz de destruir reputaciones en segundos.
—¿Qué has dicho? —preguntó la señora Lutton con una calma peligrosa, girándose lenta