Marianne subió las escaleras de la mansión con las piernas todavía temblando por el encuentro de la mañana.
El peso de su secreto y la presión en su pecho parecían disiparse solo cuando cruzaba el umbral de la habitación de sus bebés.
Al entrar, el suave aroma a talco y leche tibia la recibió como un bálsamo.
Sus pequeños recién despertaban de la siesta, estirando sus diminutos brazos hacia ella con esa pureza que solo los niños poseen.
Marianne los cargó a ambos, uno en cada brazo, sintiendo el