—¡Esto es una aberración! —exclamó Álvaro, y el estruendo de su voz pareció hacer vibrar las paredes de la elegante estancia.
La rabia le quemaba en el pecho, una furia líquida que amenazaba con desbordarse. Sus manos se cerraron en puños, los nudillos blancos por la presión.
No podía creer la audacia, la falta de escrúpulos de quienes se atrevían a cuestionar la pureza de su familia.
Avana, a su lado, estaba sumida en una tristeza profunda y asfixiante.
Sentía que el suelo desaparecía bajo sus