Sin aceptar el rechazo.
El bosque nos recibió con su oscuridad fresca. El aroma a pino y tierra húmeda calmó ligeramente la furia que aún hervía en mis venas. Camille se removió en mis brazos. Sus párpados temblaron y se abrieron lentamente. Sus ojos grises, aún vidriosos por el desmayo y el dolor, se clavaron en los míos.
—Suéltame… —susurró con voz ronca. Intentó moverse, pero el saco la envolvía con firmeza. — Por favor…no necesito tu piedad, Alfa Lambert. — me dijo con la voz resquebrajada.
En ese momento sonreí,