Mundo ficciónIniciar sesiónNarra Camille:
La ceremonia se había llenado repentinamente de murmullos. Nadie podría jamás haber esperado que el Alfa de la manada Roshan, se presentara en la ceremonia de bodas y apareamiento de los hijos y herederos de sus manadas rivales.
Todos sabían bien de las viejas rencillas que mi manada y la Moreau tenían con la suya, y aunque en las ceremonias de apareamientos entre herederos era común que todos los lideres de las manadas fuesen invitados por la ley del lobo, nadie esperaba realmente su presencia allí, en especial sabiendo que el padre de este hombre había muerto recientemente, y el liderazgo de su manada ahora estaba completamente en sus manos.
Estaba prohibido pelear en estas ceremonias, pero aquel repentino invitado, naturalmente, parecía haberse presentado únicamente para provocar.
Sin embargo, su hermoso rostro me resultó familiar…y sus ojos que me miraban tan solo a mí, me hicieron sentir una descarga conocida…aquello, no era posible, ¿O si lo era? Me cuestioné…este hombre no podía ser el mismo del bar…no podía.
El Alfa Raphael Lambert, de la poderosa manada Roshan. Su presencia era imponente: cabello rubio dorado, mandíbula afilada, hombros anchos y una mirada aguamarina que parecía capaz de atravesar el alma…una mirada que me pareció aterradoramente familiar. No sonreía. Solo observaba. Y, para mi sorpresa, sus ojos no estaban fijos en Juliette, como los de todos los demás. Me miraban a mí. Directamente. Sin parpadear.
Un escalofrío me recorrió la espalda, y aparté la vista rápidamente; me concentré en caminar hacia el altar imaginando que aquel Alfa, igual que todos, estaba allí juzgándome por mi falta de belleza y sobrepeso. Mis tacones se hundían ligeramente en la hierba húmeda, y sentía todas las miradas sobre mí esforzándose por ignorarlo a él, pero ninguna tan intensa como la de aquel hombre.
Juliette me miraba con un odio atroz, y en sus manos sostenía el collar de mi madre, el que debía de haberme entregado desde horas antes, y mirándola, miré sus labios moviéndose, diciéndome algo que no pude escuchar, pero que, sin embargo, si pude leer: “Te vas a lamentar por esto”.
La misma advertencia que me había dado la noche anterior en la que estuve con aquel lobo extraño (si es que en verdad eso pasó pues desperté inexplicablemente en mi cama y nadie menciono ninguna ausencia mía en la noche previa)
En ese momento vi como ella se acercó hacia el altar, y a pesar del invitado imprevisto por el que ella no se inmutó, la ceremonia comenzó con las palabras tradicionales del lobo anciano de la manada. Vincent tomó mi mano con frialdad, como si tocara algo desagradable. Sus dedos estaban rígidos, y no me miró ni una sola vez a los ojos.
—Camille Auclair. —dijo el anciano. — hija mayor del Alfa Henri Auclair, ¿aceptas a Vincent Moreau como tu compañero destinado, para unir a sus manadas y a sus almas bajo la luna? — y para sorpresa de nadie, Vincent pareció demasiado infeliz mientras esperaba mi respuesta, y se apartó de mi lo suficiente para que yo pudiera notar su asco.
El anciano lobo, ya sabiendo que Vincent en realidad no quería unirse a mí, se acercó a el para conversar.
En ese momento, abrí la boca para responder sin tener a Vincent a mi lado o al viejo lobo al frente, entre más rápido termináramos con esto, era mejor, pero antes de que pudiera decir una palabra, Juliette se acercó a mi para entregarme el collar lunar de nuestra fallecida madre, pues al dar mi respuesta debía de portarlo como la nueva luna de la manada de mi Alfa, pero por alguna razón, ella había esperado hasta este momento para entregármelo, y se acercó a mi para susurrarme.
—Te vas a lamentar por esto, Camille, no voy a permitir que esta ceremonia se realice, no me importa la voluntad de nuestro padre. — me advirtió.
En ese momento Juliette se tambaleó hacia atrás y soltó un gritó que me tomó por sorpresa, y como ella, llevándose la mano a la mejilla con dramatismo, se dejó caer violentamente hacia a un lado. Sus ojos se llenaron de lágrimas falsas al instante, y la multitud jadeó tan sorprendida como yo misma lo estaba.
—¡No me golpees más! —sollozó ella, con la voz temblorosa. — Sé que estás celosa porque Vincent me ama a mí y no a ti… pero yo nunca quise esto. ¡Lamento mucho que él no te quiera como te mereces! Prometo…prometo hacerme a un lado para que puedas ser feliz con él. — gritó para que todos escucharan.
El silencio fue ensordecedor, y toda la atención que antes estaba con Raphael Lambert, pasó a estar sobre mi gemela y sobre mí.
En ese momento sentí que el mundo se detenía…ella otra vez lo estaba haciendo, Juliette estaba fingiendo ser la víctima, pintándome como la loba celosa y violenta que maltrataba a su propia hermana gemela. Y Vincent…Vincent la miraba con una mezcla de preocupación y adoración, la misma con la que había visto a mi hermana siempre.
Sentí asco hacia los dos en ese momento, mi estomagó me revolvió, y cerré los ojos un segundo recordando todas las veces en que esto había pasado. Las mentiras susurradas, las lágrimas falsas, las miradas de lástima o desprecio que recibía después. Juliette siempre salía como la inocente flor maltratada, y yo como la bestia gorda y envidiosa.
Y Vincent se lo creía todo. O fingía creerlo, porque le convenía.
—Juliette… — murmuré, pero mi voz salió débil.
Vincent se acercó a ella de inmediato, rodeándola con un brazo protector.
—Camille, ¿cómo puedes ser tan cruel con tu propia hermana? —dijo en voz alta, para que todos escucharan. — Ella solo quiere lo mejor para ti. —
Las lágrimas de Juliette brillaban bajo la luz de las antorchas. Perfectas. Hermosas. Yo, en cambio, sentía el peso de todas las miradas acusadoras.
Entonces, en un movimiento que pareció coordinado, Vincent me empujó con disimulo mientras fingía consolar a Juliette. Tropecé hacia atrás y caí directamente sobre la mesa del banquete. El enorme pastel de tres pisos, decorado con rosas de azúcar y lunas plateadas, se derrumbó sobre mí, y crema blanca y trozos de bizcocho mancharon mi vestido negro por completo. El frío de la crema se filtró hasta mi piel.
La risa estalló entre algunos invitados. Otros murmuraron con desaprobación, pero nadie intervino...como siempre.







