La decisión de la loba herida.

Narra Camille:

Las risas no se hicieron esperar, y en ese momento comprendí que Juliette había planeado todo esto para “vengarse” de mi por unirme al hombre al que ella amaba. Por eso me había lanzando aquella advertencia.

Me quedé allí, sentada en el suelo, cubierta de pastel, con el vestido arruinado y el corazón latiendo con fuerza debido a la humillación. El olor dulce me revolvió aún más el estómago y cuando levanté la vista, vi a Vincent y Juliette intercambiando una mirada cómplice. Lo habían planeado ambos, no solo ella, o, al menos, él había aprovechado el momento para humillarme frente a todos.

Me puse de pie lentamente, quitándome trozos de pastel del cabello, y mi voz salió más firme de lo que esperaba, dejando ver lo cansada que ya estaba de sufrir por todo aquello:

—Basta. — dije.

Vincent se giró hacia mí con una sonrisa burlona.

—¿Basta? ¿Ahora te haces la víctima, Camille? Todos saben que envidias a Juliette. Eres más gordita, menos hermosa, ¿crees que no lo noto? Jamás te querría como mi luna. Solo lo hago por la alianza entre nuestras manadas. ¿Quién querría tomar a una loba como tú cuando puede tener a alguien como ella? — dijo Vincent con su ya acostumbrada crueldad.

Sus palabras fueron como otro latigazo de humillación para mí. La multitud murmuró. Mi padre, el Alfa Henri Auclair, frunció el ceño, pero no dijo nada en mi defensa.

Respiré hondo y miré a Vincent directamente a los ojos.

—Entonces no me tendrás. Rechazo el vínculo. No me uniré a ti. — dije como un ultimátum, sin dar margen a nada más, y sabiendo bien que no tan fácilmente podría negarme, pues mi destino no me pertenecía.

Un murmullo colectivo recorrió el jardín, y en ese momento mi padre dio un paso adelante, rojo de la ira.

—¡Camille! ¡La ley del lobo es clara! Como hija mayor, debes unirte al alfa destinado. ¡Confórmate con no ser amada si es necesario! Es tu deber. Dale un hijo a Vincent, y quédate en las sombras, como siempre. — mi padre gritó esperando a que, como siempre, yo cediera.

—No. — respondí, con la voz temblando, pero clara. — No me conformaré con ser humillada el resto de mi vida. — dije oponiéndome.

No quería nada de esto, aunque sabía que no podía oponerme. Todas aquellas humillaciones, me habían cansado.

El rostro de mi padre se endureció.

—No puedes negarte, eres mi hija mayor, te guste o no debes de cumplir con lo que te he ordenado, como la primogénita, solo tú puedes ser tomada por un Alfa, y si te niegas y desafías la ley del lobo, serás desterrada para siempre y marcada como una loba sin pareja. Nadie te querrá, y sabes bien que tu hermana no puede ser tomada sin que tú lo seas primero, ¿Eso es lo que quieres?, ¿Realmente estas dispuesta a desafiarme? — mi padre me cuestionó.

—La ley del lobo dice que solo mis hijos nacerán fuertes, ¿Pero y si eso es mentira?, ¿Por qué debo de unir mi vida a la de un lobo que no me ama por un supuesto? — desafié temblando.

El silencio se hizo pesado, y sentí las miradas de todos sobre mí; lástima, desprecio, curiosidad. Raphael Lambert seguía observándome desde su lugar, con esa intensidad que no lograba descifrar.

Pero a pesar de mi miedo, me mantuve firme. Estaba cansada, realmente cansada, y aunque no había planeado aquello, sentir el betún del pastel embarrado en mi piel, y viendo el desastre en el que habían transformado mi momento, que, aunque lo deseara o no, era mi momento, ya no pude seguir soportando.

—Prefiero ser desterrada que vivir atada a alguien que me desprecia. — respondí.

Mi padre hizo un gesto brusco con la mano.

—¡Traigan el látigo! —

Uno de los betas de mi manada trajo el látigo de cuero negro trenzado, y mi padre lo tomó con fuerza.

—Serás castigada por negarte a tomar a tu alfa destinado, Camille. Quizás así aprendas cuál es tu lugar, y te someterás a tu alfa, no tienes opción, Vincent es tu alfa. — dijo con firmeza.

El primer latigazo cayó sobre mi espalda, y el dolor fue cegador. Me mordí el labio hasta sangrar para no gritar. En ese momento escuché un revuelo a mis espaldas, como si alguien estuviese peleando.

El segundo me hizo tambalear, y el tercero me abrió la piel bajo el vestido arruinado. Todo pasó en cuestión de segundos, y caí de rodillas, respirando entrecortadamente. La crema del pastel se mezclaba ahora con sangre, y supe que otro golpe se acercaba.

—¡Detente! —

Una voz profunda y autoritaria resonó en todo el jardín. Todos se congelaron.

Y vi como el Alfa Raphael Lambert se acercó con pasos firmes, su aura de Alfa estaba envolviendo el lugar como una tormenta, y se interpuso entre mi padre y yo, deteniendo el brazo del látigo con una mano. Él había peleado con los lobos de mi padre y de Vincent para llegar hasta el altar.

—Basta de esto. —dijo con voz calmada pero inquebrantable. — Esta loba no será castigada más. —

Mi padre frunció el ceño.

—Alfa Lambert, usted no es ningún tonto, y sabe perfectamente bien que la ley del lobo prohíbe que se desaten conflictos entre manadas rivales durante una ceremonia de apareamiento, y esto es un asunto interno de la manada Auclair…

—Ahora ya no. —interrumpió Raphael. Sus ojos agua marinos tan familiares se posaron en mí, y por primera vez en mucho tiempo, sentí que alguien me miró sin desprecio. Me miró como si valiera algo…pero entonces, al mirarlo de cerca, supe que me estaba mintiendo a mí misma…esos ojos ya me habían mirado antes con pasión…una noche antes.

— Yo la quiero, entrégueme a su hija mayor como mi luna, y no desataré una guerra contra ustedes que saben bien que no pueden ganar, entrégueme a su hija mayor y deje el camino libre para su hija menor. — dijo el con firmeza.

El silencio que siguió después de que él dijo esas palabras, fue absoluto.

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