La ceremonia que nunca quise.

Narra Camille:

El momento había llegado…mi condena final, mi destino marcado, pero en mi mente, aquel extraño hombre del bar seguía tocando mi cuerpo y devorando mis labios.

¿Era real o no lo era? Aquel broche que oculté entre mis joyas de boda, me decía que si lo era…pero desperté en mi cama esa mañana y sin aroma alguno sobre mi cuerpo que me dijera que si había sido real.

Negando, me miré en el espejo.

El vestido negro se pegaba a mi cuerpo como una segunda piel que no terminaba de pertenecerme…se sentía tal y como se sentía toda mi vida, tan solo una mentira.

Recordando las palabras del hombre del bar, noté que mis ojos eran bonitos, del color de las tormentas. Y que aquel vestido, aunque representaba mi ruina, me hacía lucir de cierta manera, “hermosa” pues ocultaba gran parte de mi gordura.

Era elegante, sí, pero también era un recordatorio constante de lo que se esperaba de mí: ser la hija mayor, la heredera obediente que debía de dar a luz al hijo de un Alfa, la Luna de nombre de la manada Moreau, pero la loba gorda a la que todos despreciaban eternamente…todas eran cosas que realmente no había elegido ni deseado. 

Hoy era el día de mi ceremonia de vínculo con Vincent Moreau, el día de mi apareamiento, y el Alfa destinado a mí desde que tenía memoria, no sentía nada más que asco hacía mí, y yo no sentía más que odio hacia él…tan solo quería desaparecer.

Me miré en el espejo del vestidor de la mansión Auclair por última vez. Mis curvas, más pronunciadas que las de mi hermana gemela, se marcaban bajo la tela oscura; yo había elegido ese vestido que llevaba puesto, para intentar disimular mi pequeña panza ante los invitados. El estrés de años fingiendo que todo estaba bien había hecho su trabajo, y tenía más peso del que, según me decían, resultaba agradable hacia la vista de los varones, incluido mi padre, quien constantemente me recriminada por ello, jamás me había dejado de recordar lo indeseable que era.

Entonces noté las pisadas en el vestido que mi hermana gemela había hecho el día anterior sobre él, para remarcar su punto. No las borre…no tenía caso. Estaba atrapada en aquel destino, y durante un momento tan solo quise llorar…pero tampoco tenía caso hacerlo…y a mi mente tan solo llegaban los recuerdos de aquel dulce niño que prometió convertirme en su luna…y de aquel extraño que me besó con pasión…con deseo.

Juliette siempre había sido la delgada, la hermosa, la que todos admiraban. Yo era la gordita, la que supuestamente envidiaba a su gemela por esa razón y le había hecho la vida imposible, pues tanto mi padre como ella, se habían encargado de decir que era yo quien la maltrataba a ella, y no al revés. Al menos eso era lo que ella se encargaba de susurrar en los oídos correctos. Ambas éramos dueñas de una piel color morena clara, largo cabello negro, como el ébano, muy liso, y unos ojos grises que heredamos de nuestra madre.

Mi padre me odiaba pues al nacer primero, fui yo quien desgarró el vientre de mi madre, y quien provocó su muerte, y aunque tanto mi gemela y yo éramos idénticas, solo en Juliette mi padre veía a mi madre fallecida…en mí, tan solo veía a quien le provocó la muerte…por eso, siempre me desprecio. 

Pero la ley del lobo era clara y estricta, yo era la primogénita, y, por ende, la única de las dos hijas que tenía el “derecho” de ser la luna de Vincent, el hijo de sus aliados.

Y aquella noche ya me preparaba para recibir los mismos “chistes”, comentarios, y burlas de siempre. Por supuesto, todos en relación a mi peso.

Respiré hondo y salí al jardín principal, donde se había montado todo para aquella ceremonia de vínculo, sería tomada esa noche y marcada como la Luna de la manada Moreau aun en contra de mis deseos, pues, por supuesto, sabía demasiado bien que ni él ni yo queríamos estar allí, pero era “nuestro deber”.

Las antorchas iluminaban la noche, y el aroma a jazmín y el del suculento banquete preparado para esta tan “especial” ocasión, flotaba en el aire. La manada Auclair y la manada Moreau se mezclaban entre risas y murmullos, y, por supuesto, todos ellos dirigidos hacia mí con el mismo desprecio de siempre. En el centro, bajo un arco de flores blancas y ramas de roble, me esperaba Vincent Moreau.

“Ella solo tuvo suerte de nacer primero, pobre de Juliette, tan hermosa y dulce que es ella, definitivamente la luna perfecta para lo Moreau, pero la gorda nació primero, ¿qué le vamos a hacer?”

Escuche a alguien decir lo suficientemente alto para que yo lo escuchara. Negué, y caminé hacia Vincent…el “perfecto” nuevo Alfa de la manada Moreau, y quien a partir de esa noche reemplazaría a su padre.

Alto, de cabello castaño oscuro y ojos verdes penetrantes, Vincent era todo lo que una loba podía desear…excepto para mí, porque yo sabía la verdad. Sus ojos nunca se posaban en mí con deseo, ¿Cómo podrían hacerlo? Sus ojos siempre buscaban a Juliette, mi hermana gemela, que sonreía a su lado como si el mundo le perteneciera.

Y entonces lo vi.

Entre los invitados de honor, de pie junto a mi padre, estaba él, sentí su mirada clavarse en mi piel como afiladas navajas de juicio.

—Ya vieron, el Alfa Raphael Lambert está aquí, ¿Por qué vendría a la ceremonia de bodas y apareamientos de los hijos de sus manadas rivales? — cuestionaron algunos invitados.

Entonces lo comprendí, el extraño de cabellos rubios que me miraba tan intensamente, era el hijo y nuevo Alfa de la poderosa manada Roshan…los enemigos de mi padre y de los Moreau.

En ese momento noté como las miradas de mi padre y de Vincent, se fijaron en su acérrimo enemigo, quien ante ambos permaneció imperturbable.

¿Qué hacia ese hombre en mi ceremonia y porque me resultaba tan intensamente familiar? No pude evitar cuestionarme.

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