Mundo ficciónIniciar sesiónPara Elena, el tiempo pasaba con rapidez en esa casa sin que ella pudiese controlarlo.
Debió haber estado horas en el jardín, con Leo a su lado. Lo ayudó a ajustar su pista de carreras que se extendía por el pasto como una serpiente metálica.
Escuchaba con atención al niño hablar sobre sus autos con entusiasmo comedido. Como si temiera que, en cualquier momento, alguien le pidiera bajar la voz.
—Este es mi favorito —dijo Leo, y levantó un auto rojo con cuidado reverencial—. Es un Ferrari 250 GTO. Solo hicieron treinta y seis.
—¿Treinta y seis? —repitió Elena—. Eso es muy poco.
El niño asintió, orgulloso.
—Por eso es tan valioso. Papá dice que no es solo el precio, sino la historia que encierra.
La mujer sonrió.
—Tu papá tiene razón.
Desde la terraza, Adrian McGrath los observaba sin intervenir. Sentado en una silla con las piernas cruzadas y el gesto serio. Seguían cada movimiento de la niñera y cada respuesta que daba como si buscara errores… o señales. Parecía esforzarse por comprender.
Un poco más atrás, se hallaba Theo en la tumbona, con la historieta en las manos. Aunque no leía. Estaba atento a lo que hacía la niñera y decía su hermano, sonriendo cuando algo le parecía gracioso, como si participara en la charla.
Max, en cambio, se mantenía sobre algún árbol. Conservaba las distancias, aunque sin retirarse. Fingía indiferencia, pero cada tanto lanzaba una mirada rápida hacia la mujer y luego apartaba los ojos con gesto molesto.
—Este —continuó Leo— es un Lamborghini Miura. Dicen que cambió todo cuando salió al mercado.
—¿Te gustan los que cambian las cosas? —preguntó ella.
Leo pensó un momento.
—Sí, porque hacen que los demás tengan que cambiar también.
Elena sintió un leve estremecimiento. No por la frase en sí, sino por lo mucho que parecía describir a la casa en la que estaba. Una que en el fondo anhelaba un cambio.
—Muy bien —dijo Adrian de pronto apareciendo en el patio y viendo la hora en su reloj de muñeca—. Es hora de que suban a su habitación y se preparen para la cena.
Leo levantó la cabeza.
—¿Ya?
—Sí. Recuerden que tendremos un invitado y no podemos hacerlo esperar.
Max bufó.
—Siempre hay invitados.
—Y siempre cenan con nosotros —añadió Theo, sin emoción.
—Suban a bañarse —ordenó Adrian—. Charles los ayudará.
Leo se levantó de inmediato mientras sus hermanos comenzaban a caminar hacia la casa.
—¿Vendrás mañana? —le preguntó a Elena con una esperanza tímida.
—No sé, ya veremos que dice tu padre.
Leo miró a Adrian buscando una respuesta, pero este lo que hizo fue apurarlo con un gesto a que siguiera a sus hermanos. El niño, sin pensarlo demasiado, abrazó rápido a la mujer antes de correr tras los otros chicos.
Elena no pudo evitar que su actuar le calentara el corazón, emocionándola.
«Concéntrate», se regañó a sí misma para olvidar aquel episodio y no perder su norte. Estaba allí para cumplir una misión específica, no para crear lazos con los hijos de su enemigo.
Cuando los niños desaparecieron, Adrian le hizo un gesto con la cabeza.
—Acompáñame al despacho.
Elena lo siguió en silencio. Cada paso le recordaba que estaba metida dentro de un juego peligroso.
El despacho de Adrian McGrath era sobrio, amplio y dominado por un escritorio de madera oscura y estanterías repletas de libros. Las carpetas sobre la mesa estaban perfectamente alineadas, algunas pocas se encontraban abiertas con documentos fuera.
—Siéntate —dijo él.
Elena obedeció.
—Quiero tu opinión profesional sobre mis hijos —continuó—. Sin adornos.
La mujer respiró hondo antes de comenzar, ordenando sus ideas en la cabeza.
—Leo necesita seguridad emocional —explicó—. Es sensible, pero también perceptivo. Reacciona muy bien al refuerzo positivo.
—¿Y Max?
—Max necesita límites claros —respondió—. El niño siente que está en una constante competencia, que alguien busca lastimarlo. Parece tener mucha rabia contenida.
Adrian endureció las facciones.
—Y Theo, observa antes de confiar —siguió Elena—. No se le puede mentir, o al menos no de forma torpe. Al igual que Max, teme que alguien sea capaz de hacerles daño, por eso siempre está en alerta.
—No me has dicho nada que no sepa —comentó el hombre—, pero lo hiciste bien. Lograste entenderlos en un solo día.
Antes de que ella pudiera responder, el mayordomo apareció en la puerta.
—Disculpe, señor. Necesito consultarle con urgencia algo sobre la cena.
Adrian asintió.
—Ahora vuelvo, Isabella —dijo antes de marcharse con Charles.
Elena los siguió con la mirada y luego quedó atenta a sus pasos hasta que todo quedó en silencio. Allí su pulso se aceleró.
Sabía que no era el momento indicado, pero no podía perder aquella oportunidad. Si Adrian no la aceptaba como niñera de sus hijos, entonces, ese sería el único momento en que podría estar en ese lugar, en el despacho de su enemigo.
Sus ojos se posaron sobre el escritorio repasando las carpetas abiertas y los documentos apilados con logos de empresas que antes habían tenido relación con la compañía de su padre.
Se levantó despacio y comenzó a revisar los papeles. Había otros que poseían el logo de «Northstar Distribution Corp», la empresa de Adrian.
Su mandíbula se tensó. McGrath controlaba una distribuidora encargada de ofrecer servicios de transporte a nivel nacional e internacional, por tierra, mar y aire. Ofrecía sus servicios a grandes negocios como fabricantes de ropa y alimentos, farmacéuticas, empresas de tecnología y materiales, e incluso, hacía trabajos para el gobierno.
Sobre la mesa se hallaban contratos, facturas y mapas de rutas locales cubiertas por empresas pequeñas de transporte que llevaban a cabo para él, ya que las controlaba bajo acuerdos previos. Ya fuese por el pago de alguna deuda logística o de inversión, o por haber realizado una fusión.
—Pobres —murmuró con ironía—, hacen pactos con el diablo. Pronto perderán todo, como le sucedió a mi padre.
Su mano tembló apenas mientras soltaba los documentos. El movimiento que ocasionó en el escritorio activó el computador que había estado con el monitor apagado. La pantalla de bloqueo no tenía clave de acceso y mostró enseguida lo que el hombre había estado revisando antes.
Elena descubrió una carpeta desplegada que almacenaba archivos e imágenes. Se inclinó para dar una mirada, así se percató que la carpeta estaba identificada con el nombre de la empresa que perteneció a su padre: Whitman, servicios de logística.
Ella quedó inmóvil. El aire pareció desaparecer del despacho, asfixiándola.
Eso era lo que había ido a buscar. Eso y mucho más.
Su corazón latió con violencia. Una mezcla de miedo y triunfo se agitó en su pecho, como una sensación insoportable.
—¿Qué crees que estás haciendo?
La voz de Adrian cayó como un golpe seco sobre ella. El hombre se encontraba en la puerta del despacho, parado con una expresión de rabia y sorpresa en su rostro.
Su mirada afilada no se apartaba de Elena. Parecía molesto. Muy molesto por su atrevimiento.







