Capítulo 3. Reflejos.

Adrian llevó a Elena al jardín para evaluar su interacción con los niños. Ella lo acompañó controlando su ansiedad, atravesando con el hombre una terraza llena de sillones cómodos y decorada con elegancia.

Cruzaron unas puertas de cristal hasta llegar al patio trasero, rodeado de jardines bien cuidados. El césped era impecable, olía a recién recortado. Los árboles viejos daban una sombra natural muy agradable encima de una zona de juegos.

El hombre caminaba a su lado con las manos en los bolsillos.

—Mis hijos suelen pasar la mayor parte del tiempo aquí, cuando el clima lo permite —dijo—. Tienen una sala de juegos arriba, pero prefieren este lugar.

—Es fantástico. Es bueno que prefieran estar afuera que dentro de la casa.

—Necesitan espacio —añadió—. Y ruido. Los sitios silenciosos los inquietan.

Elena observó a los niños antes de acercarse. No jugaban juntos.

Uno de ellos se encontraba sentado en el suelo, inclinado sobre una pista de autos de colección. Ajustaba con cuidado una curva elevada como si ese pequeño detalle fuese crucial para el equilibrio del mundo. Tenía la lengua apenas asomada entre los labios, concentrado. A su lado, varios autos metálicos brillaban bajo el sol.

Elena supuso que ese era Leo al verlo tranquilo y con una diminuta sonrisa en los labios.

Otro se hallaba más lejos, subido a un árbol de ramas bajas y con una espada de madera en la mano. Movía el arma imaginaria con brusquedad golpeando el aire y algunos ramajes, como si se defendiera de una bestia que lo perseguía.

Su expresión era cerrada, molesta. Cuando reparó en ellos apartó la vista de inmediato, endureciendo aún más su expresión. La mujer pensó que ese sería Max, el temperamental y rebelde.

Theo ocupaba una tumbona, con las piernas cruzadas y una historieta de detectives abierta sobre ellas. Leía, aunque dejó de hacerlo cuando los escuchó acercarse para seguir sus movimientos con atención precisa.

Los tres chicos eran muy similares físicamente. Con los cabellos negros y abundantes como los de su padre y los ojos grandes, de un hermoso azul turquesa. Todos observaban con atención, aunque con expresiones distintas según sus personalidades.

No solo ese detalle era capaz de diferenciarlos, sino también, la forma en que se peinaban. Theo mantenía un peinado muy cuidado, de medio lado, sin que un solo pelo se moviera de su sitio. Tal vez usaba gomina para conservarlos quietos.

Leo, aunque tenía buena apariencia, dejaba a sus cabellos más sueltos, permitiendo que se formaran suaves rizos en las puntas que lo hacían adorable. Max, en cambio, era un desastre. Quizás ni se peinaba, pero ese estilo le favorecía. Remarcaba sus facciones haciéndolo ver como el mayor de todos, el que los protegía.

El repique de un teléfono obligó a Elena a dejar de analizarlos para lanzar una ojeada hacia Adrian. Él sacó su móvil del bolsillo de su pantalón y revisó la pantalla.

—Disculpa, debo atender una llamada, es urgente. ¿Puedes estar sola con los niños unos minutos? Charles debe verificar en la cocina que se esté preparando la cena.

—No te preocupes, estaré bien. Haz lo que tengas que hacer.

El hombre la observó un segundo más, como si quisiera decirle algo, pero pronto decidió no hacerlo y dio media vuelta para regresar a la casa.

—No te alejes del jardín —indicó antes de irse.

—No lo haré —respondió ella a la nada, algo incómoda por la forma autoritaria en que aquel sujeto siempre se comportaba.

Adrian desapareció con el teléfono en la mano. El mayordomo lo siguió por el sendero lateral que conducía a la casa. En pocos segundos, Elena quedó sola con los tres niños, quienes ahora la observaban con suma atención.

Por un momento se sintió intimidada, como si ellos fuesen capaces de ver reflejado en su cara la verdad que intentaba ocultar.

Respiró hondo para liberarse de sus aprehensiones y se acercó a Leo, agachándose a su lado.

—Hola —dijo—. Eso se ve… impresionante.

Los ojos del niño se iluminaron apenas, pero no sonrió del todo.

—Es una pista alemana —explicó—. Las curvas son más difíciles. Si no están bien alineadas, el auto se sale.

—¿Y lograste que no se salieran?

Leo dudó un segundo.

—Casi.

Elena sonrió.

—¿Puedo ver cómo ruedan?

El niño asintió. Tomó uno de los autos con cuidado reverencial y lo colocó al inicio de la pista.

—Este es un Porsche 917 —dijo—. Es de carreras.

Empujó el auto y ambos siguieron el recorrido con la mirada. El coche avanzó rápido, pero se salió en la última curva.

Leo frunció el ceño.

—Te lo dije —murmuró—. Todavía la pista no está bien.

—Pero estás muy cerca —respondió Elena—. Solo necesita un pequeño ajuste.

El chico la miró sorprendido.

—¿Sabes de autos?

—Un poco —mintió a medias—. Aunque más de paciencia.

Leo mostró una sonrisa breve, tímida, como si no estuviese acostumbrado a revelar ese gesto.

Desde el árbol, Max resopló.

—Eso no es paciencia —dijo—. Es perder el tiempo.

Elena levantó la vista hacia él.

—¿Eso crees?

Max blandió la espada de madera.

—Los autos son aburridos. Las peleas son más divertidas.

—Los autos no parecen aburridos para Leo.

—Es que Leo es…

Max se calló y apretó la mandíbula.

Elena notó la tensión en sus hombros, la rigidez en la postura. No era simple enojo. Era algo más profundo. Quizás insatisfacción porque su hermano no fuese como él.

—¿Te gustan las espadas? —preguntó ella.

—No —respondió Max con brusquedad—. Me gustan las batallas.

—¿Contra quién?

—Contra cualquiera.

Elena asintió, sin juzgar.

—Entonces, debes ser muy valiente.

Max no respondió, aunque dejó de agitar la espada.

Desde la tumbona, Theo pasó la página de su historieta con exagerada lentitud.

—Eso no fue una respuesta —dijo hacia la mujer—. Fue una técnica para caerle bien. Le dices lo que él quiere escuchar.

Elena se giró hacia el niño.

—¿Eso te parece?

—Sí —continuó Theo—. Leo quiere que le prestes atención y Max que no lo subestimes, le das a cada uno lo que quiere.

—¿Y qué quieres tú?

—Yo quiero saber qué vas a hacer después.

Elena se quedó quieta un segundo.

—¿Y qué crees que voy a hacer?

Theo la observó con esos ojos azules que parecían ver demasiado.

—Adaptarte. Lo necesitas para alcanzar tu meta.

Elena sintió un escalofrío. Eso era cierto, para cumplir con su venganza primero debía adaptarse a aquel escenario, aunque sabía que el niño lo decía porque ella le había confesado que necesitaba con urgencia dinero para sobrevivir.

Los miró a los tres. Eran tan distintos, pero a la vez tan parecidos, y muy persuasivos. Debía manejarse con cuidado frente a ellos.

Pasó horas en el patio, acompañándolos. En Leo descubrió la sensibilidad que Adrian escondía detrás del control. En Max la rabia contenida, la necesidad de dominar antes de sentirse vulnerable. Y en Theo, el mismo gesto evaluador, la misma cautela.

«Los niños son tres reflejos de su padre», pensó, aunque se reprendió de inmediato.

No debía pensar en Adrian de ese modo, humanizarlo a través de sus hijos. Aquel hombre era un ser despiadado, un monstruo vestido con traje caro. Eso no debía olvidarlo.

—Tengo más autos —dijo Leo de pronto, buscando su atención—. Están en el cuarto de juegos.

Elena lo miró.

—Me encantaría verlos.

Leo asintió con entusiasmo.

—Los traeré —aseguró, poniéndose de pie, aunque dudó unos segundos— ¿Vienes conmigo?

Elena miró hacia la casa, recordó que Adrian le había ordenado no alejarse del jardín, pero ella no era buena siguiendo instrucciones de otros y menos si venían de alguien a quien odiaba.

—Claro. Vamos.

Leo la tomó de la mano con cuidado, como si temiera que ella se arrepintiera.

—Es por aquí —indicó, y tiró con suavidad de la mujer sin saber que su padre los vigilaba desde una ventana en el primer piso mientras chateaba con alguien por móvil y con expresión molesta, como si hubiese descubierto algo desagradable.

Entraron a la mansión por una puerta lateral y subieron la escalera principal hacia la primera planta. Elena no pudo evitar admirar el lugar: mármol claro, barandas de hierro forjado y luz natural entrando por grandes ventanales.

Todo era elegante. Impecable.

En la primera planta halló colgada a las paredes algunas fotos familiares. Entre ellas, un cuadro enorme de quien debió ser la madre de los trillizos, una mujer hermosa, rubia, de unos ojos azules muy claros y sonrisa tímida, como la de Leo.

También pudo encontrar imágenes de esa mujer con los niños, o con Adrian, así como de los niños solos, o con otros familiares o amigos.

A mitad de camino la mujer se detuvo en seco. En una de las paredes había una fotografía enmarcada que revelaba a dos hombres sonriéndole a la cámara.

Uno de ellos era Adrian McGrath, él más joven, sin la dureza actual en el rostro. El otro…

El mundo se le contrajo. Quien acompañaba a Adrian era su padre.

Elena sintió cómo la sangre le golpeó en los oídos y el corazón le martilleó con fuerza el pecho mezclando rabia, sorpresa y un miedo visceral.

Su padre tenía el brazo apoyado en el hombro de Adrian como si fuesen viejos amigos.

«¡Mentira!», gritó algo dentro de ella. «Todo fue una manipulación».

La rabia la quemaba por dentro, pero el miedo aplacaba esas llamas. Si Adrian tenía esa foto, si había conocido a su padre, entones… sería capaz de reconocerla a ella, de unir las piezas y desbaratar sus planes.

—¿Estás bien? —preguntó Leo, observándola con atención.

Elena apartó la mirada de la foto con esfuerzo.

—Sí —respondió, forzando una sonrisa—. Solo… me distraje con las fotografías.

Leo asintió, satisfecho.

—Está aquí —dijo y señaló una puerta—. El cuarto de juegos.

Ella respiró hondo antes de seguir al chico al interior de aquella habitación. No debía descuidarse ni permitirse errores, o Adrian la descubriría.

Si eso pasaba, él querría terminar lo que dejó a medias en el pasado: destruirla por completo.

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