Capítulo 5. El contrato.

Adrian McGrath avanzó unos pasos hacia el escritorio sin apartar los ojos de Elena. Su postura era rígida, el gesto tenso, como si contuviera algo más que enojo.

El silencio que se instaló en el despacho era incómodo.

—Explícate —exigió—. Ahora.

Elena sintió el impulso de retroceder, pero se obligó a permanecer firme. Isabella Reed no huía ni temblaba ante su enemigo. No podía perder su máscara.

—Me acerqué al escritorio para ver las fotografías de los trillizos —respondió con voz controlada.

Adrian frunció el ceño.

—¿Fotografías?

Ella señaló hacia el borde de la mesa, donde había tres marcos de plata que mostraban diversas imágenes de los niños.

—Sí. Debo confesarte que tus hijos me llaman poderosamente la atención. Son trillizos idénticos, aunque es posible diferenciarlos gracias a sus personalidades bien definidas. Son únicos.

Adrian no respondió de inmediato.

—Nunca había visto a tres niños con el mismo rostro y de personalidades tan dispares —continuó ella—. Leo es abierto y sonriente, Max es defensivo y muy serio y Theo es en extremo tranquilo y observa el mundo como si fuese un rompecabezas. Me fascinó esa diferencia.

Durante un segundo, el enojo de Adrian pareció vacilar.

—Eso no explica por qué estabas frente a mi computador —replicó.

—Fue una coincidencia —dijo la mujer sin pender su postura erguida—. Debí mover algo al apoyarme en la mesa y la pantalla se encendió. Mis ojos no pudieron evitar mirarla justo en el momento en que entraste. Te juro que no lo hice con intención de saber en qué trabajabas.

No era una mentira perfecta, pero le pareció que resultaba creíble.

Adrian la observó largo rato. Sus ojos se movían por su rostro como si buscaran una fisura, una contradicción, algo que la delatara. Aunque pronto se cansó y exhaló despacio.

—No me gusta que husmeen en mis cosas y menos sobre mis asuntos de trabajo. Eso me hace desconfiar de la gente, espero lo entiendas.

Se aproximó al escritorio y comenzó a tomar los documentos que estaban encima, fuera de sus carpetas, para guardarlos. Además, apagó el monitor.

Elena soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo y se alejó, sentándose de nuevo en la silla. Trató de mostrarse indignada, dando a entender que le había molestado que dudaran de ella.

—Lo siento. Te juro que no quería husmear.

—Tengo límites, Isabella, y reglas estrictas que se deben cumplir en esta casa. Entre ellas, no entrar en mi despacho y si estás adentro, no acercarse a mi escritorio. Ya las irás conociendo.

—Disculpa, de verdad.

—No te preocupes, ya hablaremos de los límites que no deben cruzarse.

La mujer lo miró con los ojos entrecerrados, sintiendo rabia. A él le gustaba establecer límites y exigir que nadie los cruzara, pero era incapaz de reconocer los límites de los demás y respetar esas fronteras. Típica actitud de un narcisista despiadado.

Luego de poner en orden todo lo que estaba sobre la mesa, Adrian sacó una carpeta azul que había estado guardada en una de las gavetas del escritorio.

—Hoy firmaremos el contrato de trabajo.

Elena parpadeó, sorprendida.

—¿Hoy?

—Serás la niñera de mis hijos por un año. Si en ese tiempo todo marcha bien, podríamos renovar por uno o dos años más —dijo él, con tono firme—. Cuando finalice este contrato evaluaré tu desempeño.

Ella se incorporó un poco en la silla.

—Pensé que habías dicho que tendría una semana de prueba.

Adrian dejó la carpeta sobre el escritorio y la miró con fijeza.

—Eso dije —admitió—. Y no suelo cambiar de opinión.

—Entonces, ¿por qué quieres firmarlo ahora? —consultó inquieta.

Él tardó en responder. La repasó de pies a cabeza con un semblante que pareció de desconfianza, aunque sus ojos emitían un brillo extraño que la mujer no supo traducir.

—Porque vi cómo te manejaste con los niños. No intentaste imponerte, pero tampoco te mostraste débil. No los trataste como trofeos ni como problemas, los escuchaste y eso hizo que ellos se mantuvieran a tu alrededor. Con las otras niñeras se iban enseguida, se encerraban en sus habitaciones o se escondían por la casa para que no los encontraran. Cuando a ellos algo les molesta, se apartan sin darle una segunda oportunidad. Para mí, que se hayan quedado a tu alrededor por más de una hora y que Leo pidiera verte de nuevo fue una señal.

El hombre hizo una pausa breve antes de dar su última justificación.

—Además… tengo una corazonada que no puedo ignorar.

La frase quedó suspendida entre ambos. A Elena le sonó a mentira y amplió sus ojos en su máxima expresión.

—¿Vas a contratarme a pesar de lo que acaba de ocurrir en tu despacho? —quiso saber la mujer.

—Sí, a pesar de eso —reconoció—. No negaré que lo que ocurrió hace unos minutos me hace dudar, pero… siento que debo darte una oportunidad. Lo mereces, por lo bien que lograste manejarte con mis hijos, y ellos también merecen estar con alguien que les agrede.

La mujer no supo qué responder. Por un momento se sintió insegura.

—Además… me recuerdas a alguien y eso me ha hecho menos exigente.

Elena sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

«Lo sabe», pensó. «O al menos sospecha».

Una idea oscura se abrió paso por su mente: ¿y si él había visto más de lo que ella dejaba entrever, descubriéndola? ¿Y si aquello no era una contratación, sino una trampa?

Tal vez Adrian McGrath quería tenerla cerca para vigilarla, o peor aún, para terminar su trabajo de destruir a los Whitman y evitar futuras represalias. La mirada que él le dedicaba en ese momento, tan inquisitiva y a la vez, tan llena de interés, parecía confirmar sus sospechas.

El miedo fue real y punzante, aunque no le duró mucho. No había llegado hasta allí para acobardarse.

—Acepto —dijo, y sacó de su bolso su documento falso para que él rellenara con sus datos el contrato.

Adrian arqueó las cejas con sorpresa.

—Ni siquiera has leído las condiciones.

—No importa, lo haré —respondió con seguridad—. No voy a echarme atrás. Como te dije, me encanta este trabajo porque siento a tus niños como una experiencia interesante. Además, necesito la paga.

Él tomó el documento de la mujer y enseguida completó el contrato con sus datos personales antes de deslizar la carpeta hacia ella.

—Firma aquí.

Elena tomó la pluma. Su mano no tembló.

Mientras firmaba como Isabella Reed pensó en su padre, en la empresa destruida, en las promesas rotas y en las noches en que había jurado hacer pagar a McGrath por lo que le había hecho.

«No soy una cobarde», se dijo. «No voy a dejar pasar esta oportunidad».

Le devolvió el contrato firmado. Adrian lo revisó, asintió y cerró la carpeta.

—Bienvenida a la mansión McGrath, Isabella.

Elena sostuvo su mirada.

«Voy a destruirte», pensó. «Como tú destruiste a mi familia».

Estaba decidida a llevar a cabo su venganza, y lo haría desde adentro.

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