116. Cosa de hermanos.
Nos quedamos en silencio un largo minuto ahí, uno frente al otro, separados únicamente por la mesita del centro, con todos los recuerdos que nos había dejado Gabriel: la fotografía, la carta, la orquídea y también el zapato rojo que yo sostenía en las manos. A pesar de que la tela carmesí tenía color de la sangre, se había desteñido varios tonos y podía verse la sangre seca, marrón, como una galleta pegada a la superficie.
— ¿Cuántos años podría haber tenido? — le pregunté a Arturo, mientras