Un hilo de sangre descendió por la mandíbula de Michael y se impregnó en el inicio de su camisa, haciendo que su rostro se tornara rojo y sus ojos oscuros.
—¿Qué demonios te ocurre? —preguntó, intentando incorporarse, pero otro golpe, esta vez en su mandíbula, lo hizo voltear la cara de inmediato.
Christopher parecía un toro enfurecido, con las cejas arqueadas y el rostro oprimido.
—¿Qué demonios me ocurre? ¡Te robaste a mi esposa y me preguntas eso! ¡Eres un maldito ladrón! ¡Ladrón! —exclamó