Leonardo avanzó un paso más, lento, implacable, como si las balas no existieran.
—Es mejor que te rindas, Rafael —dijo con voz grave—. Terminemos esto en paz. Aún puedes salir caminando.
Rafael apretaba el arma con ambas manos. Le temblaban. El sudor le corría por la frente.
—No… —murmuró—. No después de todo.
Leonardo ladeó la cabeza y dio otro paso.
—Me conoces muy bien —continuó—. Sabes exactamente de lo que soy capaz.
Hizo una pausa peligrosa.
—Y si llegas a tocarle la cara a uno solo de mi