El frío de la noche se filtraba por las grietas del todoterreno mientras Alexander conducía a una velocidad suicida por las avenidas laterales que bordeaban el gran parque central de la ciudad. El GPS del coche de la enfermera marcaba el último avistamiento de Elena Rosewood: una cámara de tráfico la había captado caminando con una fragilidad engañosa, sosteniendo un bulto envuelto en mantas de lana contra su pecho.
Lauren, en el asiento del copiloto, no dejaba de frotarse las manos. La adrenal