Anya bajó la escalera, estaba temblorosa, pero no iba a retroceder, corrió hasta llegar al portón.
—¡Déjenme salir!
—Lo siento, señora, tenemos órdenes explícitas del señor Carrigan, usted no puede salir de la propiedad.
Anya sintió rabia.
—¡Si no me dejan salir, he de llamar a la policía, y tendrán que explicarlo!
Los guardias no se lo creyeron.
—Entonces, llamaremos a su esposo, señora.
Anya tomó su móvil. Llamó.
—Habla Anya Byle, tengo veinticuatro años, y vivo en la mansión de Balmor