—¡Felicidades, primito! Me alegra que al fin te vas a casar con una maravillosa mujer decente —exclamó Vania, con un gesto burlón contra su hermana.
Los ojos de Denver ignoraron por completo a Vania, solo estaban puestos en esa mujer que yacía de cuclillas, intentando levantar la comida y los vidrios.
—Sì, tienes razón, Vania, al fin elegí a la mejor mujer del mundo. No solo es hermosa, también es leal, incapaz de romper mi corazón, es digna. Una mujer que no es la segunda opción de nadie, por e