Eliot entrelazó sus dedos con los de Carolina mientras salían del registro civil. El frío de la noche les recibió con una brisa suave, arrastrando el murmullo lejano del tráfico y el eco de sus pasos sobre el concreto húmedo. La mano de Eliot, cálida y firme, contrastaba con la de Carolina, que se sentía helada, casi inerte. El silencio entre ellos era espeso, como si el mundo contuviera la respiración ante lo que acababa de ocurrir.
Justo al cruzar la puerta principal del edificio, Eliot se d