Axel estaba en su oficina, la penumbra apenas rota por la luz de su escritorio. Llevaba horas sumido en su propio infierno personal, tratando de sofocar la desesperación que le quemaba el pecho. Pero cuando su teléfono sonó y vio el nombre de su abuelo en la pantalla, supo que nada bueno vendría de esa llamada.
—A partir de mañana, todo cambiará —había dicho Cedric con su tono autoritario e inapelable—. El matrimonio con Tatiana se adelantará. No hay más discusión.
El silencio que siguió fue en