El hospital estaba sumido en el ajetreo habitual: médicos y enfermeras caminaban de un lado a otro, las luces frías iluminaban el pasillo, y el aire olía a antiséptico. Pero Eliot no veía ni escuchaba nada de eso. Su única preocupación era encontrar a Carolina.
Empujó las puertas con fuerza y se dirigió a la recepción.
—¡Carolina Langford ! —exigió, con la voz cortante—. ¿Dónde está?
La recepcionista levantó la vista, sorprendida por su tono.
—Señor, cálmese. ¿Es usted familiar?
—Soy su prometi