Tatiana caminaba con paso firme por los pasillos del hospital, su taconeo resonando en el suelo de mármol. Cada paso que daba aumentaba la furia que ardía en su pecho. Su corazón latía con fuerza, no por amor, sino por una ira ciega que se mezclaba con la humillación.
El hospital era silencioso a esa hora de la madrugada. Solo el zumbido de las luces fluorescentes y el murmullo distante de las enfermeras rompían la calma. Axel avanzó con pasos firmes, aunque cada uno le costara más de lo que a