El bosque era un laberinto de sombras vivas. Árboles altos y nudosos se cernían sobre Carolina , sus ramas retorcidas parecían garras listas para atraparla. El aire era espeso, impregnado de un hedor podrido. Cada pisada en la hojarasca húmeda resonaba como un latido acelerado.
Algo la perseguía.
Sentía su aliento caliente en la nuca, escuchaba el crujir de ramas rotas tras de sí. No podía verlo, pero sabía que era enorme, deforme, con ojos brillantes que perforaban la oscuridad. Su respiración