Vi cómo su respiración se aceleraba. Su pecho subía y bajaba con fuerza mientras me miraba con esos ojos llenos de rabia y confusión. Su mano seguía apretando su pecho como si le doliera respirar. Como si la sola idea de mi traición le pesara más que cualquier herida.
Y aún así… aún así no podía decirle la verdad.
No podía arriesgarme a perderla.
—Carolina —dije al fin, en voz baja—. No lo estás entendiendo. No sabes lo peligrosa que es esa mujer.
Ella frunció el ceño, dando un paso hacia atrás