Capítulo 13. Yo te cuidaré

A la mañana siguiente, Axel está en una prestigiosa joyería del centro, mirando la vitrina con expresión concentrada. La tienda es elegante, silenciosa, iluminada con luces cálidas que hacen brillar las piezas de diamantes y oro. A su lado, Kai observa en silencio, con los brazos cruzados y el ceño fruncido.

—Debería llevarle este collar —dice Axel con tono convencido, señalando una pieza brillante con incrustaciones de esmeraldas, demasiado grande y tosca—. ¿Hay alguna mujer a la que no le gusten las joyas? Este es el más caro de toda la colección. Sin duda estará encantada cuando se lo dé.

Kai lo mira de reojo. No puede evitar la mueca de incredulidad. En su cabeza resuena una sola idea: su amigo no conoce en lo más mínimo a su esposa. Tantos años juntos, y Axel sigue creyendo que Lia se deja impresionar por el dinero o los lujos.

—¿No tiene ya muchos collares en casa? —pregunta, intentando sonar casual—. ¿Por qué crees que quiere uno más?

Axel parece no captar la ironía. Se encoge de hombros, manteniendo la vista en la vitrina.

—Entonces, ¿qué debería comprar? ¿Una pulsera? ¿Un anillo?

La empleada de la joyería, que finge ordenar unas piezas en el mostrador, lanza una rápida mirada hacia ellos. Hasta ella parece incómoda con la conversación.

Kai suspira.

—Ayla suele comprarle un pastel de coco de una confitería del centro. Siempre dice que a Lia le encanta. ¿Por qué no llevas eso?

Axel gira el rostro, frunciendo el ceño.

—¿Un pastel? ¿Estás hablando en serio? ¿Cómo puede ser un mejor regalo un pastel que una joya como esta?

—Créeme, Axel —responde Kai con calma—. A veces, las cosas simples significan más que todas las joyas del mundo. ¿Alguna vez ella te pidió que le compraras algo de esto?

Axel lo observa por unos segundos, dudando. Finalmente, deja escapar un suspiro y asiente. La verdad es que Lia no suele pedir nada. En este tiempo que llevan casados, no recuerda ni una sola vez que ella lo haya hecho. Todas las joyas que le ha regalado fueron por iniciativa propia.

—Bien, iré por ese pastel. Pero si esto sale mal, te haré responsable.

Los dos amigos salen de la joyería y se dirigen hacia la confitería. El local está lleno. Axel, vestido con su traje impecable, no duda en colocarse al final de la fila, ganándose algunas miradas curiosas. No le importa. Está decidido a hablar con Lia, a hacerla volver a casa.

Mientras espera, observa la caja de pasteles detrás del mostrador. Se pregunta cómo algo tan simple podría significar tanto para ella. Quizás kai tiene razón. Quizás eso era lo que siempre fallaba con él: nunca entendió lo que Lia realmente necesitaba.

La fila avanza lentamente. Cuando por fin llega su turno y la cajera coloca el pastel en una elegante caja blanca, su celular vibra en el bolsillo del saco. Mira la pantalla y su expresión cambia. Es Adriana Storme, su madre.

Duda un instante antes de contestar. Debe ser realmente urgente para que ella lo llame a esta hora.

—¿Madre?

—Axel, tienes que venir ya mismo al hospital —la voz de Adriana suena temblorosa—. Ravenna está grave.

Axel se queda inmóvil, con la caja del pastel en la mano.

—¿Qué sucedió?

—Lo intentó de nuevo —responde su madre, con un suspiro entrecortado—. Según su asistente, anoche estuvo muy mal. Después de la reunión con los Arrabal, entró en una severa depresión. Esta vez está grave, hijo. Tienes que venir a verla.

Axel se queda en silencio unos segundos. Mira la caja del pastel, esa que minutos antes pensaba llevar a Lia para intentar arreglar las cosas. Siente una punzada en el pecho, una mezcla de confusión y fastidio.

—De acuerdo —dice finalmente, con voz tensa—. Estaré allí en unos minutos.

Cuando llega al auto, abre la puerta y coloca con cuidado la caja en el asiento de al lado. Se queda mirándola por unos segundos, sin moverse, con la mente enredada entre lo que quiere hacer y lo que “debe” hacer.

—Al hospital —dice Axel con tono firme.

Tanto Martín como Kai lo miran con extrañeza.

—¿No vamos a la casa de los padres de Lia? —pregunta Kai, sin poder ocultar su sorpresa.

Axel niega con un leve movimiento de cabeza.

—No. Ravenna está grave en el hospital. Necesito ir a verla ahora mismo.

Kai aprieta los labios, resignado. Sabe perfectamente en qué estado están las cosas con Lia, pero no es quien para decirle a su amigo qué debe o no debe hacer. Se recuesta contra el asiento sin agregar nada.

Martín, sin perder tiempo, enciende el motor y toma dirección hacia el hospital. El trayecto se hace en silencio. Axel mira por la ventana, pensativo.

Cuando llegan al hospital, Martín se estaciona frente al edificio. Axel sale casi corriendo, sin esperar a nadie. La prisa es evidente. Afuera hay periodistas cubriendo otro caso, pero al verlo, cambian inmediatamente de objetivo. Algunos reconocen al comandante Storme y empiezan a tomar fotos, preguntándose qué hace allí. En pocos minutos, los reporteros ya tienen la información: Ravenna Drayle está internada.

Axel atraviesa los pasillos con paso rápido. Conoce este lugar por visitas anteriores, lamentablemente. La habitación no es difícil de ubicar. Cuando abre la puerta, ve a Ravenna recostada en la camilla, conectada a una vía. Está pálida, con el brazo izquierdo vendado y cubierto por una gran gasa blanca.

Junto a la cama están Adriana, su madre, y Elena, la asistente de Ravenna. Ambas lo miran al entrar. Adriana le hace un gesto para que se acerque.

En cuanto Axel pisa la habitación, Ravenna adopta un rostro lastimero. Su voz suena débil, quebrada.

—Lo siento… no quise hacerlo, Axel. Realmente me sentía frustrada. Siento que no valgo nada. Desde que mi padre falleció, ya no tengo a nadie. Me siento tan desvalida, tan insignificante.

Adriana, con un gesto medido, le da unas palmaditas en el hombro a la joven.

—Tranquila, recuerda que no puedes ponerte nerviosa o tu herida sangrará de nuevo —dice con suavidad.

Elena asiente con empatía.

—No está sola, señorita. Me tiene a mí, a la señora Adriana, al comandante Storme. Todos la queremos mucho y la apoyamos.

Axel suspira profundamente. Esta es la cuarta vez que Ravenna intenta hacerse daño. Siente un cansancio profundo, una mezcla de responsabilidad y frustración. Se había prometido a sí mismo —y a su difunto padre, don Ismael Drayle— que cuidaría de ella. Pero cada intento fallido lo hace sentir como si todo fuera en vano.

Se acerca a la cama y toma la mano de Ravenna entre las suyas.

—Claro que no estás sola —dice con voz firme—. Siempre puedes contar conmigo. Yo te cuidaré. Pero prométeme que dejarás de tener esos pensamientos.

Ravenna asiente con suavidad, apenas moviendo la cabeza.

—No quise preocuparlos. Por favor, perdóname, Axel. No quiero ser una carga para ti. Quiero ser la mujer independiente y capaz que siempre mi padre quiso que fuera.

Adriana interviene con una sonrisa serena y una mirada cómplice.

—Lo serás. Con la ayuda de mi hijo, siempre podrás ser la mejor —afirma, guiñándole un ojo a Ravenna en un gesto que Axel no llega a notar.

Axel, sin apartar la vista de Ravenna, aprieta un poco su mano. Dentro de él se mezcla la preocupación genuina con una sensación de estar atrapado. Sin embargo, en ese momento, solo puede pensar en cumplir con su promesa de proteger a Ravenna, aunque eso signifique seguir postergando su propia vida.

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