La noche había caído completamente sobre República Dominicana. Era una noche hermosa. Cruelmente hermosa.
El mar se extendía infinito bajo la luz plateada de la luna, las olas avanzaban lentamente hacia la orilla como suspiros silenciosos, y el viento nocturno acariciaba las palmeras haciendo que sus hojas produjeran un sonido suave, casi melancólico.
Las estrellas cubrían el cielo como pequeños destellos lejanos.
Todo parecía tranquilo.
Demasiado tranquilo.
Diana estaba sentada en el balcón de