La mañana en República Dominicana había amanecido hermosa.
Demasiado hermosa para el infierno silencioso que Diana estaba viviendo.
El mar se extendía frente a la enorme residencia privada como una manta infinita de tonos azules y plateados, las olas golpeaban suavemente la orilla con una tranquilidad casi insultante, y la brisa cálida movía apenas las cortinas blancas de la habitación donde Diana permanecía de pie, inmóvil, observando la playa desde la ventana.
Todo parecía en calma.
El cielo.