La noche había avanzado en silencio. Las horas se deslizaban lentamente, como si el tiempo mismo se hubiera vuelto más pesado, era medianoche.
Y en la residencia Ambrosetti, Jeremy Ambrosetti no podía dormir. Estaba recostado sobre la cama, con los ojos abiertos, fijos en el techo, pero su mente, no estaba allí.
Sus pensamientos eran inquietos.
Desordenados.
Insistentes.
Diana.
Su nombre aparecía una y otra vez.
Su rostro.
Su voz.
La forma en que su cuerpo reaccionaba ante él. Jeremy cerró los