El silencio en la habitación del hospital ya no era el mismo.
Había cambiado.
Se había vuelto más tenso.
Más cargado.
Más peligroso.
Jeremy Ambrosetti permanecía sentado en la cama, con el torso ligeramente incorporado, los vendajes aún frescos bajo la tela oscura de la camisa que le habían permitido usar, su postura recta desafiando cualquier indicación médica, cualquier límite físico, cualquier advertencia.
El dolor seguía allí.
Constante.
Profundo.
Pero Jeremy no era un hombre que se dejara