La noche los envolvía por completo.
No había prisa.
No había interrupciones.
Solo el sonido del mar.
Constante.
Profundo.
Como si respirara con ellos.
La brisa se colaba suavemente por las ventanas abiertas.
Moviendo las cortinas.
Acariciando la piel de Diana.
Pero no era el viento…
Lo que la hacía estremecer.
Eran las manos de Jeremy.
Firmes.
Cálidas.
Seguras.
Deslizándose lentamente por su espalda.
Atrayéndola.
Acercándola más.
Como si no existiera suficiente cercanía.
Com