El grito de Margrot rompió la noche, fue agudo. Desgarrador. Instintivo.
—¡NO!
Sus piernas temblaron. Su cuerpo entero se sacudió. Porque lo que estaba viendo…
No podía ser real. No debía ser real. Pero lo era. Allí en la explanada. Inmóvil, extendida.
Leopolda Ambrosetti. Su cuerpo parecía una figura rota. Descompuesta. Antinatural.
La elegancia que siempre la caracterizaba, había desaparecido. Sustituida por algo brutal. Crudo. Irreversible.
—¡Dios mío…!
Margrot llevó las manos a su cabeza.
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