La tarde avanzaba lentamente en la residencia Ambrosetti.
El aire dentro de la gran casa parecía más pesado de lo habitual. Los largos pasillos silenciosos, las alfombras gruesas que apagaban los pasos y las altas ventanas que dejaban entrar la luz del sol… todo transmitía una calma elegante.
Pero para Margrot aquella calma era insoportable.
La joven mujer estaba sentada en el borde de la cama de su habitación. Sus manos estaban entrelazadas sobre su regazo y sus ojos aún estaban ligeramente en