El tiempo dentro de aquella habitación parecía haberse detenido. No había relojes visibles. No había voces. Solo el sonido constante, casi hipnótico, de las máquinas que mantenían un ritmo que ya no le pertenecía al hombre en la cama.
Evans Fontaine seguía de pie junto a su padre sin moverse, sin apartar la mirada. Su mano aún descansaba sobre la de él, como si ese contacto pudiera sostener algo que ya estaba desvaneciéndose. Había dicho lo necesario. O tal vez no había dicho nada en absoluto.