El silencio de la residencia era inquietante.
Demasiado profundo.
Demasiado pesado.
Como si las paredes mismas supieran que algo había cambiado.
Que algo se había roto.
Y no había vuelta atrás. Aunque la misma estaba en calma y completamente ajena al desastre que yacía en el interior.
Leopolda Ambrosetti abrió los ojos lentamente.
El dolor en su cabeza fue inmediato.
Intenso.
Punzante.
Como si miles de agujas atravesaran sus sienes.
Un leve gemido escapó de sus labios.
Confusión.
Desorientación