La habitación permanecía en silencio. Apenas el sonido constante del monitor cardíaco rompía la tranquilidad del lugar. Afuera, el amanecer comenzaba a teñir el cielo de tonos suaves entre azul y dorado, y algunos rayos de luz atravesaban las cortinas blancas, cayendo lentamente sobre la cama donde Diana descansaba.
Habían pasado horas.
Horas en las que Jeremy no se había movido ni un solo instante.
Seguía sentado junto a ella.
Su mano seguía sosteniendo la de Diana con cuidado, como si tuviera