El amanecer había llegado a Inglaterra con una tranquilidad casi irreal. Después de tantos días llenos de sangre, miedo, disparos y despedidas que parecían definitivas, la Villa Ambrosetti volvía a sentirse viva. Los primeros rayos del sol atravesaban los enormes ventanales y descendían lentamente sobre los jardines cubiertos por pequeñas gotas de rocío que brillaban como diamantes diminutos. El viento movía suavemente las hojas de los árboles y el aroma de las rosas blancas se mezclaba con el